La cordillera de los Andes ofrece algunos de los paisajes de esquí más imponentes del mundo, pero también plantea un desafío que muchos esquiadores subestiman: la altura. Varios centros argentinos operan por encima de los 2.000 metros, y en esas cotas el cuerpo trabaja de manera distinta.
Qué le pasa al cuerpo en altura
A mayor altitud, la presión atmosférica disminuye y cada respiración aporta menos oxígeno. El organismo responde acelerando la respiración y el ritmo cardíaco. En las primeras horas es normal sentir falta de aire al hacer esfuerzo, dolor de cabeza leve o cansancio más rápido de lo habitual. Son señales de que el cuerpo está empezando a adaptarse.
La importancia de la hidratación
El aire de montaña es seco y frío, y la deshidratación llega sin que uno la sienta. Beber agua de manera constante —más de lo que el cuerpo pide— es una de las medidas más eficaces para prevenir el malestar de altura. Conviene moderar el alcohol y la cafeína los primeros días, ya que ambos aceleran la pérdida de líquidos.
Subir con calma
Si venís del nivel del mar, evitá exigirte al máximo el primer día. Dale al cuerpo un margen de adaptación: descensos más suaves, pausas frecuentes y comidas livianas ayudan a que la aclimatación ocurra sin sobresaltos. La mayoría de las personas se sienten notablemente mejor a partir del segundo o tercer día.
Cuándo prestar atención
El malestar leve es común y pasajero, pero síntomas intensos —dolor de cabeza fuerte que no cede, náuseas persistentes, mareos o dificultad para respirar en reposo— no deben ignorarse. Ante cualquier señal preocupante, lo correcto es descender a una cota más baja y consultar al servicio médico del centro de esquí.