Hay una mentira que circula en el mundo del esquí. La mentira dice que es fácil. Que en un par de horas ya vas a estar bajando pistas verdes con soltura. Quienes la repiten lo hacen con la mejor intención, pero olvidan —o nunca supieron— cómo se siente estar parado sobre dos tablas en una pendiente nevada por primera vez en la vida.
El equilibrio que no existe
Lo primero que descubrís en la nieve es que tu sentido del equilibrio, perfectamente funcional en el mundo cotidiano, aquí no sirve de nada. El cerebro envía señales que ya no coinciden con lo que el cuerpo experimenta. Las botas inmovilizan el tobillo. Los esquís se mueven solos si la pendiente es mínima. El instinto manda extender los brazos para compensar, pero eso solo empeora las cosas.
La cuña y la revelación
El primer giro en cuña —esa posición en V con las puntas juntas que permite controlar la velocidad— es una pequeña revelación. De repente entendés que podés dirigir el movimiento. Que no sos simplemente arrastrado por la montaña sino que tenés algo de agencia sobre lo que ocurre. Ese momento, que puede llegar en los primeros veinte minutos o al final del día, cambia todo.
Lo que nadie dice
Nadie te dice que las botas van a doler. Que el frío en las manos, aunque tengas guantes, se siente igual. Que vas a caerte más veces de las que imaginás, y que levantarte con los esquís puestos es una habilidad en sí misma. Nadie te dice tampoco que cuando finalmente enlazás dos giros seguidos, la satisfacción es desproporcionada al logro: sentís que conquistaste algo.
Esa primera vez sobre la nieve no es glamorosa. Pero es difícil de olvidar. Quienes volvieron siempre a la montaña lo hicieron, en parte, porque quisieron encontrar de nuevo algo de esa intensidad inicial.
